¿Es Joker una película política?

¡OJO SPOILERS! QUEDA ADVERTIDO

Hay algo impúdicamente fascinante en ir al cine. Se trata de una experiencia que supone la celebración de un hecho íntimo, como es ver una película, en un espacio público, la sala. Quizás sea por eso que, en muchas ocasiones, me gusta ir solo. Tiene algo de ritual. Un liturgia individual que nos devuelve a la primera vez que lo hicimos cada ocasión en la que la conmemoramos. Buscamos el reencuentro con la sensación (casi) abandonada que nos produjo aquella lejana película, como el adicto busca el placer perdido de su primera vez. Muchas veces, tratamos de guardarnos ese momento, egoístamente, porque pensamos que a lo que vamos a asistir es algo tan fuera de lo común que no merece ser compartido, es algo que sólo nos pertenece a nosotros. Otras, por el contrario, simplemente porque así se dieron las circunstancias. 

Aunque el momento prometía, fueron esas últimas circunstancias las que se dieron para que pudiera ir ver Joker. La película te pedía disfrutarla a solas y así fue, si bien finalmente no fue mi elección no ir acompañado. De cualquier manera, pude aprovechar la oportunidad para disfrutar plenamente de ella y a su finalización tuve esa sensación  de asombro y satisfacción que te produce saber con certeza que has asistido al pase de una gran película. Porque Joker es una grandísima película. Ya está dicho. Eso sí, no nos pasemos, no empecemos a chuparnos las pollas todavía, que diría el Sr. Lobo.

Joker es una película que trasciende el mundo de los cómics hacia algo más universal (aún), así que las valoraciones del universo DC las dejamos para sus entendidos. Y lo trasciende porque si el Joker, en vez del villano de Batman, fuera un ciudadano cualquiera que no habita Gotham sino, por ejemplo, Nueva York (guiño, guiño, codazo, codazo), sería exactamente igual de buena y demoledora. Nos encontramos con un filme en el que su protagonista bebe referencialmente de la incomprensión descarnada y solitaria del Travis Bickle de Taxi Driver y de la obsesión con la fama del Rupert Pupkin de El rey de la comedia (la presencia de De Niro ayuda, casi inconscientemente, a buscarlas). Igualmente, la marginación social y el humor negro de una y otra película están presentes en Joker. Acompañar a Joaquin Phoenix en su descenso a los infiernos de la desesperación a través de los perversos juegos de su mente es, sin lugar a dudas, lo mejor de la película. La incidencia de la locura en su capacidad de elección, cómo puede definir su comportamiento (o no) y la influencia de ésta en su destino, es una reflexión central que nos aparece como dilema moral, dibujando un personaje poliédrico y complejo. La infancia robada, los abusos, las mentiras y el determinismo de su extracción social, condicionan su miserable vida y ponen las bases para edificar en él ese Joker triunfante final. Más allá de la mayor o menor empatía que puede despertar el personaje en las diferentes peripecias que definen el dramático camino del antiheróe, el proceso de despiece vital que sufre el Joker durante toda la película es simplemente sobrecogedor. 

Sin embargo, lo que más llama la atención es la falta de violencia explícita y desproporcionada en la película. Viendo las noticias de policías en las salas o la previsión de aumentos de tiroteos masivos en EE.UU., uno podría pensar que Alex DeLarge se quedaría en un aprendiz de drugo en el uso de la ultraviolencia frente al Joker. No me pareció así. La violencia explícita brilla por su (casi) total ausencia, lo que hace menos comprensible la polémica suscitada con su estreno. Además, la historia del cine está repleta de psicópatas asesinos y crueles villanos, que usan la violencia como modus operandi, y que produjeron la admiración del espectador sin levantar una corriente de opinión contra sus películas como ha pasado con ésta. Entonces ¿por qué tanta polémica y miedo al respecto? La causa está en el, a mi entender, mayor handicap de la película: su ¿pretendida? evocación a la revuelta social. Al final, como todo, se trata de política.

Me explico. El planteamiento de que los pobres y marginados puedan (y deban) rebelarse contra un mundo de ricos que ni los consideran, los maltratan y utilizan para sus propios objetivos puede ser una pequeña reflexión populista que sugiera un interesante punto de partida de un ideario político transformador. No obstante, esa desesperación que lleva a esa lucha contra el sistema carece de una idea revolucionaria que la sustente. El cuestionamiento de la autoridad, la crítica devastadora del ejercicio del poder que hace el Joker, se muestra falta de un discurso político que lo enfrente a lo que quiere destruir. No obstante, el filme intenta reflejar la soledad, la alienación y el control social que sufren las capas más marginales de la población en una sociedad que les da de lado. El principal alegato de Joker se podría sintetizar en que existe una violencia peor y más terrible que la que pueda realizar un psicópata falto de esperanza. Se trata de la violencia que ejerce el propio sistema y contra la que el Joker, ególatra nihilista sin complejos, lumpenproletariado desclasado y ávido de reconocimiento social, se rebela individualmente. Joker puede describir una realidad socialmente injusta, pero no ofrece ninguna alternativa, más allá del desorden social y la anarquía. Carece de proyecto político, sólo promete el caos infinito. La transgresión presuntamente revolucionaria que propone tiene más de ridícula provocación postmoderna que de realidad política. Lo que da sentido a su vida son objetivos estrictamente personales, no colectivos, y se vale de su amoralidad y del descontento social para hacer valer su reivindicación particular, pero sin intención revolucionaria alguna. Emerge así la figura del Joker como líder de una población  hastiada que no busca la justicia social ni transformar la sociedad, sino la venganza. Su acción política es una simple comedia (sangrienta). Son el conjunto de estos postulados los que acercan al Joker a una visión populista de corte reaccionario y no a uno impugnatoriamente revolucionario. Que no te engañen, el Joker no se parece al Che, sino a Trump, Bolsonaro y compañía.

Asimismo, y esta crítica es meramente desde el punto de vista narrativo, en el transcurso de la cinta no se observa esa descripción detallada de una sociedad sociópata al borde de la crisis y su transición hacia el caos total. Es cierto que aparecen unas pequeñas pinceladas al respecto, pero no parecen suficientes para confluir en la rebelión social generalizada que finalmente ocurre, por lo que el desenlace podría parecer algo desproporcionado. A modo de descripción, en esa Gotham postapocalíptica The Warriors o Los guerreros del Bronx se pasearían por sus calles como si estuvieran en un infantil parque de atracciones.

Finalmente, el Joker no es ni el violento protagonista de A ClockWork Orange, ni tiene el carácter libertario y emancipador de V de Vendetta. Se queda en algo a mitad de camino entre ambos, pero con unas características propias que lo hacen tremendamente atractivo, con independencia de sus inclinaciones políticas o su crueldad. Porque, retomando el motivo de las controversias que giran en torno a este filme, el miedo real a proyectarla se encuentra en la interpretación que hacen de su figura en el terreno de lo simbólico. Existe miedo a ver al Joker ascendido a la encarnación de una idea que sirva de ejemplo a la población para el cuestionamiento de las estructuras de poder. Básicamente, se teme que en la próximas manifestaciones, además de caretas de Guy Fawkes, se exhiban algunas de payasos que emulen lo que ocurre en Joker. Con independencia de la excelencia de la película, las noticias contra la proyección de Joker han creado un imparable efecto Streisand que lo han convertido en un fenómeno social y en la película del año. Veremos si el personaje logra superar lo cinematográfico y si tiene trayectoria en el ámbito político en estos tiempos convulsos de auge de movimientos ultraconservadores y de una sociedad en crisis que está siendo caldo de cultivo para la extrema derecha. Este es el (supuesto) peligro que de Joker. Hay que considerar que, en este contexto, cualquier loco podría canalizar el descontento desafectivo y transformarlo en opción política de masas.

Digerir esta potente propuesta -con sus contradicciones, lo que te ha gustado y lo que no-, a solas en el cine es una experiencia que engancha. Cuando salí del cine, a pesar de que no llegué a tener la sensación del goce de la primera vez -del disfrute del pecado original-, sabía que, con sus carencias, había visto una gran película. Sentí una involuntaria y fuerte atracción hacia la taquilla para sacar una entrada y verla de nuevo. No lo hice, aunque amenazo con ello. Es tan brutal que merece al menos una segunda visión, pero esta vez, si puedo -o si se dan las circunstancias- y liturgias personales al margen, me gustaría disfrutarla en compañía. Porque Joker no es una película revolucionaria, pero si una película política y, por tanto, ir al cine con la persona adecuada para debatir a posteriori sobre lo visto con una cerveza por delante mientras fantaseamos sobre cómo cambiar el mundo puede ser, como mínimo, igual de cautivador que visionar el propio filme.

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